
Como en mi pueblo cuando sopla el viento más vale poner kilómetros de por medio, me pareció un momento adecuado para hacer algo que tenía pendiente desde hacía un año, fecha en que falleció el monje, historiador y archivista de Poblet, Agustí Altisent, persona a la que admiraba profundamente, y de la cual fui alumno en la facultad. Por circunstancias personales, no pude asistir a su funeral (tampoco lo hicieron, pero por otros motivos, muchas autoridades catalanas, me imagino que era porque ya había calado la teoría de que a los religiosos, ni agua, aunque sin duda él había hecho mucho más por nuestra cultura que cualquiera de ellos), y me dije que en cuanto pudiese me acercaría a su querido monasterio a dedicarle al menos un recuerdo. Fenomenal (y por desgracia poco frecuente) el recorrido del guía, por cierto amigo personal del finado, y que ha renunciado, a diferencia de lo que sucedía hasta hace apenas un lustro, a pasar el platillo tras la visita. Una pena haberle comentado nuestra relación con Altisent, puesto que los recuerdos han aflorado visiblemente a su persona, y la intensidad de su relato ha decaído; me he sentido culpable de abrir la boca, por una vez que lo hago... pero por otro lado nos ha permitido el privilegio de una visita privada al museo de la reconstrucción, realmente espectacular. Tentadora la sugerencia de pasar unos días en la hostería del monasterio para reflexionar sobre mis múltiples y crecientes pecados (por cierto, se especula con que en un futuro cercano se aceptará la presencia femenina, extramuros en este caso, para lo cual se está edificando un nuevo edificio). Pero lo siento, no me veo levantándome a las cinco para acudir a maitines... En definitiva, un sábado delicioso y reconciliador para mi mala conciencia. Por cierto, para los que han adoptado la en mi opinión antiestética imagen del burro para sus reivindicaciones nacionales, ¿no podrían cambiarla por otra mil veces más bella como la que aparece en el sepulcro de Martí l´Humà? No daré muchas pistas, pero que piensen un poco en el motivo de que el león que hay a sus pies se está mordiendo la garra...

***Como también hay que cultivar el estómago, aparte del espíritu, hacemos una pausa para reconfortar el estómago en la Venta d´en Puvill, casa de comidas caseras que desde hace doscientos años atiende al público en el cruce entre las carreteras de Cornudella de Montsant y Poboleda. Auténtica embajada gastronómica del Priorat, podemos degustar platos de fondo , de los de toda la vida; olvídese aquí de filigranas desconstruídas al estilo ferranadrianesco. Sólo hay un pero; últimamente se ha puesto de moda entre personajes conocidos, y a pesar de las reducidas dimensiones de su comedor puede usted encontrarse con una convención de cantautores, y tener la desgracia de que ese preciso día Lluís Llach, cliente asíduo, pierda su provervial timidez y le amargue los caldos del Priorat con alguna de sus melodías.(Venta d´en Puvill, precios más que razonables, recomendable pedir reserva, teléfono 977.821.077)

***Lo prometido es deuda, y además en este caso un placer:Ml MUERTE
AGUSTi ALTISENT, monje de Poblet
Hay que quitarle hierro a la muerte: es un acto importante de la vida, sí, pero no es ningún drama. Se ha hecho demasiada literatura sobre ese trance. De niño y adolescente moría poquísima gente (que yo conociera; lo demás ocurría muy lejos): la muerte afectaba a dos o tres personas de los mayores. Total: la muerte era un pequeño asunto de los demás y afectaba a gente diferente como contratada ex profeso. En mi muerte personal, no pensé hasta muchos años después, muy pasada la edad en la que entré --es un decir-- en el uso de la razón. Entonces pensé en la muerte instintivamente, en forma de tic y a propósito de trivialidades. Un día, por ejemplo, me sorprendí pensando: «Qué lata. Ahora que he descubierto esta manera rápida de atarme los zapatos voy a tener que morirme». Luego murieron familiares muy queridos. Era muy triste; me saltaban grandes lagrimones.La vida continuó. Más adelante observé otro grave fallo en la organización: fueron falleciendo parientes y amigos entrañables ¡casi de mi edad! ¡Eso tampoco nos lo habían dicho! Preparar la eternidad y vivir de este modo lo que me quedaba de vida, tratando de ayudar a los demás con alegría, eran unas vacaciones. Naturalmente: no por eso dejé de gozar de este mundo como está mandado y que Dios ha hecho también para nuestra felicidad.Hoy sigo aproximadamente igual. Sólo que no veo tan rápido eso de mejorar: Dios lleva la batuta y es lento (seguramente por listo), no me necesita para hacerme bueno (aunque me haga el honor de necesitarme un poco para ello) y Él decide los modos y los tiempos. Pero sigo queriendo ser poroso a su acción en mí.Total: en lo que no llego a mejorar, trato de aceptarme como soy (que ya es pena; y vergüenza expiatoria). Eso sí: vivir me entusiasma. ¡Todo me gusta! Y pienso en mi muerte con naturalidad: igual que por la mañana me levanto al sonar el despertador, cuando toquen a morirme me moriré. ¿He de preocuparme por la muerte venidera? Por ahora no me lo parece. ¡Si Dios lo organiza todo...! (Lamento ya mis pecados futuros y acepto todo lo de doloroso que me traiga la vida, incluido, al final, el estrecho desfiladero: desgarrarme por dentro en soledad durante unos días, los tubos metidos por todas partes que no le dejan a uno morir en paz, la UVI...). Mirado en conjunto, morir será incómodo, no lo niego, ¡pero la maqueta habrá tenido el V.° B.° de Dios! Por lo demás, trato de vivir con alegría de un niño que juega, atento a las peripecias del juego, pero olvidado de todo lo demás porque en casa tiene el plato en la mesa.Alguna vez me había preocupado no saber cuándo y cómo, pero ahora pienso que eso es una tontería: Dios me mandará la muerte cuando y como sea mejor para mí; una muerte adecuada y puntuaL. Él está de mi parte, mi muerte será la de una criatura suya y a El le va un poco de su honor en que yo salga bien. Será, por lo tanto, una muerte escogida, cuidada, una muerte a domicilio (aunque fuera en carretera) portes pagados. Por descontado, Dios no tratará de pescarme en un mal momento. ¡Ni sabría hacerlo! ¿Iba a despilfarrar de este modo la crucifixión de su Hijo? Esta convicción hace que, si me ocurre pensar en los traqueteos de carrocerías previas al tránsito, me quede tranquilo: podrán sí, entonces, chirriar mis nervios, pero será como si me lavaran con agua hirviendo, jabón reseco, estropajo áspero y frotando fuerte para quedar como nuevo y entrar pimpante en la sala de fiestas.Donde, por cierto, tengo ya tantos familiares queridísimos que me ovacionarán alegremente, que pronto tendré más ganas de ir allí que de quedarme. Lo cual facilita muchísimo.En cualquier caso, mi muerte no será un prêt-à-porter de talla general: estará hecho exprofeso, pensada para mi. Y no me digan: «Claro, usted dice misa cada día y está en gracia de Dios», porque oír misa está al alcance de todas las fortunas y el estado de gracia se recobra en un instante. Y sobre todo tienen que entender que yo --como todos, santos incluidos-- no hallo la paz más que mirando, más allá de mi conciencia, la misericordia de Dios, que es Él quien tiene la última palabra.
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